Arrepentimiento


Mis ojos están hinchados y me arden mucho. He llorado por dos días. Ya no más.

Nunca antes pensé en la muerte. Nunca imaginé que este día llegaría tan pronto y menos que yo lo sabría perfectamente.

El juez fue claro: "Pena de muerte, modo está por determinarse". Yo lo escogí; inyección letal. Pensé que sería lo más rápido y menos doloroso que una silla eléctrica.

Me fumo un cigarro. Veo como el humo se dispersa en el aire y dibuja siluetas indescifrables.

Ya no tengo miedo. En realidad nunca lo tuve. El llanto era solo una forma de enfrentar el hecho de que en dos horas ya no existiré. Lo peor es que a nadie le va a importar que desaparezca del mapa.

Algunos quizás estarán felices. Pero yo no quise hacerlo. Cuando tiré el revólver al suelo me di cuenta de que había sido un error. Un error del cual me siento cien mil veces arrepentido. Cien mil veces muerto.

Escucho los pasos del gendarme. Es un taconeo seco y constante. Siempre lo reconozco, pero esta vez ese ruido penetra en mi cabeza.

Palpita en mis nervios. Mis ojos vuelven a nublarse pero, insisto, no tengo miedo. Es sólo tristeza. Nunca pude ir a Punta Arenas.

Nunca vi el mar. No tuve hijos y no tengo familia. Lo peor es que nunca amé. Tampoco nadie me amó. Tantas cosas que no pude hacer y no podré. Lo penoso es que la culpa no es de otros, la culpa es sólo mía.

¿Cómo pude echarlo todo a perder?
¿Cómo pude desviarme tanto del camino?

Quizás, desde el día en que nací mi historia estaba escrita. Incluso con tan inesperado final.

Tac, tac, tac. El taconeo se hace cada vez más fuerte. Apago el cigarro con mi zapato. Me paro y me acerco al lavatorio. Me mojo la cara y por última vez me miro en el pedazo de espejo que cuelga en el muro.

Mi rostro está pálido y mis ojos se ven más verdes que nunca. Por alguna razón, la última imagen de una persona es la más bella y sincera.

Se abre la reja y, sin palabras, sé que llegó el momento. Camino rápido y mi corazón late como si se fuera a reventar.

Ya no hay nada más que hacer porque nadie creería en mi arrepentimiento. Sinceramente, yo tampoco lo haría.

Limpian mi brazo y la aguja entra lentamente. Ya no siento dolor. Ya no hay salida.


Autor: Desconocido