Un padre muy bueno, recibió una carta, sus letras mal hechas lo hicieron llorar. Eran de su hijita…, su pequeña Martha que ni un solo instante dejó de adorar. Martita tenía apenas ocho años, entendía poco cosas de mayores, ella no sabía de celos ni engaños, los que causan tantos males y dolores. Entre sus borrones, clarito decía: Querido papito, te quiero avisar, en la casa hay cosas, que yo todavía no entiendo y por eso, debes regresar. Sabes, por las noches, escucho quejidos y palabras raras, no sé quien será. Hay hechos que hieren mucho mis sentidos, mi madre es muy mala, esa es la verdad. No puedo estudiar, yo sé que no es bueno, no juego con nadie, sólo pienso en ti, me encierran temprano, a veces ni ceno, muchas veces creo, que ya te perdí. Esta dirección robé del ropero y con mi amiguita pudimos copiar, mi maestro bueno me prestó el dinero que por el envío debía pagar. Sigo aquí esperando que pronto regreses soportaré todo hasta tu llegada. No veo la hora que pronto me beses y vivir contigo mi vida soñada. Mordiendo sus labios, de rabia y de pena, volvió el hombre bueno a su horrendo hogar, caviló mil veces su amarga condena por esa venganza… quería tomar. Sin tocar tiró de un golpe la puerta, salió la mujer, rara y sorprendida. El hombre le dijo: Para mí, estás muerta, ¡Vete! Yo me quedo… con mi hija querida.
Autor: Eliseo León Pretell *Poeta internacional peruano “Ciudad Satelital” Houston Texas, EE. UU. Derechos reservados
Es importante que comprendas que tienes derecho a equivocarte, sin que ello implique frustración. (ELP)




            




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