Era una pareja de esposos muy jóvenes. Él, un estudioso ingeniero civil y ella una hermosa ejecutiva, en una importante empresa de cosméticos.

Tenían solo un hijo, que era la copia fiel de su padre, y el primer engreído de los abuelos.

El niñito, tenía apenas cuatro años, y era por sus características especiales de dulzura, uno de esos angelitos que nacen de cuando en cuando, alegre, travieso y juguetón, como pocos de la familia.

Una abrigadora mañana de Diciembre, mamá se levantó muy temprano a preparar el desayuno, mientras su esposo y el bebé jugaban ruidosamente sobre la cama.

Es cuando el papá recuerda que tenía que recoger unos documentos en una empresa no muy distante de la casa, y le quedaban pocos minutos para esa cita.
    -Irás conmigo, le dijo a Juanito, mientras tu mamá termina de preparar el desayuno.
Se despidieron de mamá y salieron presurosos hacia el garaje, subiendo rápidamente al coche.

Entre preguntas y respuestas de uno y otro lado, padre e hijo recorrían alegremente las cuidadas avenidas de la ciudad en el auto oro verde, recién comprado.

Llegaron rápidamente y se estacionaron frente a un lujoso edificio de lunas tornasoladas. Entonces el padre, desabrochándose el cinturón le dice a su hijo:
    -Quédate ahí sentadito y espérame solo un momento, no demoraré, el carro queda cerrado.
El niño acepta de buena gana y el papá casi corriendo entra al edificio.

No habían pasado ni siquiera dos minutos, y el inquieto niño, sintió curiosidad por lo que tenía alrededor. En un segundo abrió la guantera y comenzó a revisar su contenido, llamándole más la atención, una hoja de afeitar, la que siempre veía a su papá cuando se rasuraba por las mañanas.

Tomó la navaja entre sus pequeñas manitos... y contento comenzó a cortar el flamante tapiz del asiento del carro en todas las direcciones, dibujando con la filosa cuchilla lo que su infantil imaginación le proporcionaba en ese momento, sin sospechar, ni calcular siquiera por un segundo el daño que estaba haciendo.

En ese mismo instante, ya su papá abría contento la puerta del carro. Pero... cual sería su sorpresa, su impresión y rabia en ese momento, al ver el asiento destrozado.

No supo que hacer. Casi como un autómata le quitó la navaja al niño engreído y en un impulso de cólera incontrolable lo tomó al bebé por las manitas y le dio un palmazo, no tan fuerte para él, diciendo:
    -¡Eso no se hace!... ¡mira como has destrozado nuestro carro nuevo!
El niñito no lloró, se quedó estático, con la mirada fija y los labios apretados, como conteniendo el llanto... puso una manito dentro de la otra, como si se estuviera acariciando y así mismo, los iba cambiando, mientras su padre corría molesto y callado de vuelta a casa.

Cuando el padre esperaba el cambio de luz en el primer semáforo, ligeramente más calmado y comprensivo, volteó y miró instintivamente a su pequeño hijito. Extendió su mano derecha para acariciarlo, como pidiéndole disculpas, cuando descubre en ese instante que las manitos del bebé se estaban poniendo de un color rojizo oscuro. Se preocupó mucho y le preguntó al niño:
    -¿Te duelen tus manitos?
El pequeño solo respondió negativamente con su cabecita.

El padre aceleró llegando lo antes posible a casa, con un ligero cargo de conciencia por el castigo a su hijo tan pequeñito; pero sin pensar en ningún momento de alguna gravedad en el asunto.

Cuando llegó a casa, le contó a grandes rasgos de lo ocurrido a su esposa y ella también amargada sin decir muchas palabras empezó a servir el desayuno.

En ese momento llamó al niño para lavarle las manos antes de ir a la mesa, cuando descubre sorprendida, que sus manitos estaban completamente moradas hasta las muñecas. Gritó desesperadamente al esposo para que venga a ver lo que ocurría y los dos empiezan a discutir sin alcanzar a comprender la gravedad del hecho.

Mientras la madre atendía llorosa al niño, el padre se comunicaba por teléfono con la clínica más cercana explicando el caso.

Los doctores pidieron al niño lo antes posible. Los padres lo llevaron de emergencia. Los médicos al verlo, movieron la cabeza y mirándose sin palabras, todos al unísono miraron al jefe. El doctor de cabello cano, moviendo tenuemente la cabeza, señaló el quirófano y los otros asintieron con convencimiento.

Horas más tarde el niño ingresaba a la sala de cuidados intensivos y recuperación, con las manos amputadas.
    -Es una gangrena, producto de una reacción sicológica, producida por una impresión o golpe, dijo parcamente, el medico titular.
    -Si no amputábamos el niño hubiese muerto, terminó diciendo apesadumbrado.
Los padres, se abrazaron llorando desesperadamente y no podían reponerse de este golpe tan duro.

Los días siguientes fueron de mucha tristeza, pasaban noches sin dormir y días sin trabajar buscando una explicación a este castigo que no se creían merecedores; por otro lado el niño se iba recuperando rápidamente y hasta jugaba y bromeaba con sus abuelitos y las visitas que a diario lo iban a ver.

Un día los médicos le dieron de alta y Juanito regresó a casa con sus padres, los que intentaban resignarse sin poder lograrlo.

El niñito, sin comprender lo que le ocurría ni el futuro que le esperaba, jugaba, saltaba y hacia mil piruetas apoyándose en sus dolientes muñones.

Una mañana, el padre se despedía de su esposa diciendo:
    -en una hora regreso, voy a recoger unos documentos, mientras preparas el desayuno.
Es cuando Juanito al escuchar, sale corriendo y dice:
    -papá... papá, llévame contigo... hace tiempo que no salimos juntos...
El papá le responde:
    -saldremos otro día hijito ahora no... ya regreso papito, no demoro.
El niño levantando más la voz, y sus muñones en alto, corre detrás de su padre diciendo:
    -papá. papá... llévame, ya no voy a cortar tu carro, ya no lo puedo hacer, no ves que ya no tengo manos.
El padre, aspirando todo el aire que pudo, corrió como un loco hasta su dormitorio y segundos después se escuchó el estruendo de un disparo...


Autor: Eliseo León Pretell     
Lima, noviembre de 1972     
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