Mucha gente no lo sabe, ni siquiera se imagina como sufro en esta esquina, sobre el mantel de un librero. en el calor y aguacero, medio empolvado y umbrío, cerrado, triste y vacío, esperando un hospedero.
Nunca tuve un casillero, ni estante ni biblioteca mi autor de cabeza hueca, no me engendró con motivo, me escribió sin atractivo, desde el comienzo al final, me condenó al arrabal, sin causa y sin objetivo.
Como un hijo putativo, diferente a mis hermanos gimo al sentirme en las manos, de un ávido intellectual, cuando su gusto especial, se queda sólo en mi nombre, lloro maldiciendo al hombre, más próximo al animal.
Yo no quiero un pedestal, ni anaquel churrigueresco porque tan sólo merezco, un mantel y una vereda. Soy mediocre, que me queda, frente a la letra genial, sólo el frío sepulcral, de una estatua en la alameda.
Nadie ofrece una moneda, por mi nombre sugerente no soy digno de la mente, del más humilde labriego, nací para leña y fuego, polilla, moho y ceniza, para polvo de repisa, o la lección de un borrego.
Hombres escuchen mi ruego, no más libros sin sentido, yo no debí haber nacido, para dormir en el suelo, sin caricias, sin consuelo, sin ningún padre ejemplar, un tanteo visceral, de un fatuo con falso anhelo.
El libro ha de ser modelo, que sólo enseñe lo bueno, debe ser útil y ameno, al burilar una vida, la deliciosa bebida, en esa sed de saber, justa razón del que hacer, en una mente dormida.
La lectura entretenida, que solaza hasta el ensueño le pertenece aquel dueño, cultivado con pasión, es fruto del corazón, del que acentúa sus huellas, jugando con las estrellas, sin buscar ningún pendón.
Desde mi pobre rincón, de tristeza y de desvelo, quiero asistir a mi duelo, como el último que queda, adiós piso, adiós vereda, adiós librero informal, no es el nombre comercial, lo que del libro se hereda.
Autor: Eliseo León Pretell
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