La enfermera acompañó a un joven cansado y ansioso, hasta la cama de un hombre mayor.

Su hijo está aquí, le susurró al paciente. Tuvo que repetir estas palabras varias veces antes de que los ojos del paciente se abrieran.

Estaba bajo los efectos de un fuerte sedante debido al dolor por su ataque al corazón y veía confusamente al joven de pie en el exterior de su carpa de oxígeno.

Extendió su mano y el joven la tomó firmemente con las suyas, transmitiéndole un mensaje de aliento. La enfermera trajo una silla al lado de la cama.

Toda la noche el joven estuvo sentado sosteniendo la mano del anciano y hablándole con suaves palabras de esperanza.

El moribundo no decía nada mientras sostenía firmemente la mano de su hijo.

Al acercarse la madrugada, el paciente murió. El joven puso sobre la cama la mano sin vida que había estado sosteniendo y fue a notificárselo a la enfermera.

El joven esperó mientras la enfermera hacía lo necesario. Cuando concluyó su tarea, la enfermera comenzó a prodigar palabras de consuelo al joven, pero él la interrumpió:

-¿Quién era ese hombre...? le preguntó el joven a la enfermera.

-¡Yo creí que era su padre! respondió sorprendida.

-No, no era mi padre, nunca antes le había visto.

-¿Por qué no me dijo nada usted cuando le llevé hasta su cama?


-Él replicó... yo también sabía que él necesitaba a su hijo y su hijo no estaba aquí. Cuando me dí cuenta que estaba demasiado enfermo como para distinguir si yo era o no su hijo, comprendí cuánto me necesitaba.


Autor: Desconocido       


                     





© Brisa Diseños - Copyright, Julio 2013