Aquí de nuevo a tus plantas con éste ramo de flores vengo a hablarte, Virgencita... ¡Ay, Madre de los Dolores...! Yo te quisiera decir, sin oración y sin queja, esto que vas a escuchar, Virgencita, Madre buena! ¡Ayer le pedí a tu Hijo que, por favor, compusiera la salud de mi viejita que, en una cama, serena, se ha pasado muy solita sus años de hacerse vieja. ¡Y yo, estuve de rodillas frente a su Cruz, desde afuera del altarcito del rancho, donde la Misa celebra ese Curita del campo donde he vivido con ella! Y me raspé mis rodillas, te lo juro, Virgen buena... Y yo estaba tan seguro que a mi oración respondiera. Pero tu Hijo no hizo caso de mi llanto y de mi pena, y al rato me la ha llevao. ¡... No respira ya mi vieja...! Quiero saber qué ha pasao con mi oración, Madre eterna. ¡Es verdad: no he visitao por mucho tiempo la iglesia! ¿Pero quién iba a cuidar, pa que no se me muriera, mi viejecita del alma, mientras a la Iglesia fuera...? ¿Quién le daría su sopita, y la cuchara e canela; a lavarle sus llagitas y a ponerle sus chinelas? ¡Ni la oración me ha valío, Virgen de la Macarena... Once rosas te he traído, complete usted la docena, que yo me voy pa mi casa a enterrar mi madre muerta! Y de allí se levantó sobrecargado de pena el hombre que su oración no fue escuchada, siquiera. Y miró a la Virgencita con su mirada serena, como implorándole al cielo que mandara una respuesta. Doce lágrimas cayeron de los ojos de la Eterna; once regaron los tallos de once rosas que él trajera... ¡Una lágrima quedó entre las rosas aquellas... Y se convirtió en la flor, que faltaba a la docena! Autor: Rafael Angel Cortes

                          




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